Gracias a los avances de la neurociencia, hoy sabemos que todo el proceso de desarrollo cerebral, incluso antes de  nacer, está influenciado por condiciones ambientales, tales como la nutrición, el afecto y la estimulación. Hasta hace sólo 15 años, los expertos sostenían que el niño en el momento de nacer ya tenía estructurado su desarrollo cerebral, y que, básicamente, estaba condicionado por la genética. En la actualidad, los expertos consideran que el cerebro trae una estructura determinada por la herencia genética, aproximadamente en un 60%. El 40% restante depende de la influencia ambiental.
Gracias a los avances en la química cerebral, la histología y el uso de nuevas tecnologías, hoy sabemos que la masa encefálica de un recién nacido guarda las neuronas de toda su vida, pero la conexión entre las neuronas no está totalmente terminada. Esto significa que las células nerviosas capaces de activar el cerebro humano necesitan ser construidas en los primeros años de vida, fase en la cual se produce la interconexión entre neuronas que se conoce como sinapsis.

El cerebro contiene un número inmenso de sinapsis, que en los niños alcanza los 1000 billones. Este número disminuye con el paso de los años, estabilizándose en la edad adulta. Se estima que un adulto puede tener entre 100 y 500 billones de sinapsis. La construcción del intrincado proceso de interconexión neuronal es lo que los científicos llaman el cableado del cerebro.
Durante esta fase, las neuronas con que nacemos, unos 100 billones, comienzan el proceso de conectarse con otras neuronas. Lo hacen produciendo fibras llamadas axones, que transmiten señales, y dendritas, que reciben señales. Este proceso de cableado se da mejor cuando la experiencia y el estímulo se repiten. Las sinapsis aumentan de 50 trillones al momento de nacer hasta 1.000 trillones en los primeros meses de vida. Es como un sistema de carreteras. Los caminos con más circulación se ensanchan. Los que se usan rara vez se deterioran.

La mayoría de las sinapsis se establecen durante los tres primeros años de vida. Se considera que en esos años cada neurona puede producir 15.000 sinapsis o conexiones y luego se mantienen más o menos estables durante los primeros diez años de vida, para posteriormente decrecer. Durante los primeros años el cerebro produce dos veces más sinapsis de las que podría necesitar más adelante. Durante la segunda década de la vida, una buena parte de este exceso de sinapsis desaparece.
Esta es la razón por la cual las primeras experiencias de la vida son tan cruciales. Aquellas sinapsis que se han activado frecuentemente en base a las experiencias vividas, tienden a mantenerse, llegando así a ser permanentes, mientras que las que no se han usado lo suficiente tienden a desaparecer. En la medida que el niño va ganando experiencia, ya sea positiva o negativa, el cableado del cerebro pasa a ser más definitivo.
Los neurocientíficos han podido demostrar que, de alguna forma, a través de mecanismos hormonales, los factores emocionales captados por el cerebro llegan a influir directamente en el crecimiento físico y en el desarrollo adecuado de los procesos inmunológicos. Si estos estímulos emocionales son negativos, se traducen en un retardo en el crecimiento, en una mayor susceptibilidad a las infecciones y en un retraso de las funciones cerebrales, cognitivas, motoras y sociales.

Los genes y la experiencia actúan en conjunto. Los genes determinan el cableado básico del cerebro y la experiencia lo ajusta. Así, las características que heredamos de nuestros padres serán moldeadas por lo que nos ocurra cada día. Los talentos y los potenciales se pueden reforzar por medio de interacciones con las personas y el ambiente, o se pueden debilitar, e incluso desaparecer. Se calcula que el coeficiente intelectual de un niño/a puede variar hasta 20 puntos dependiendo del estímulo y experiencia que reciba en los tres primeros años de vida. El poder de las primeras interacciones entre adultos y niños es tan importante que hay investigaciones que muestran que a la edad de dos años los bebés cuyas madres les hablaban frecuentemente habían aprendido casi 300 palabras más que aquellos cuyas madres casi nunca les hablaban. Estos años son la época fundamental del desarrollo del cerebro, ya que durante esta etapa se forman las bases del pensamiento y del lenguaje que permanecerán con nosotros, sin grandes cambios, a lo largo de nuestra vida.
En este sentido, la plasticidad cerebral también implica que las experiencias negativas tienen más posibilidades de dejar daños permanentes y graves. Así, la exposición a factores ambientales adversos o las experiencia traumáticas tempranas puede interferir en el desarrollo de  las áreas subcorticales y límbicas del cerebro, lo que se puede traducir posteriormente en síntomas de ansiedad extrema, depresión e incapacidad para relacionarse de manera adaptativa.