La depresión postadopción

Durante mucho tiempo no se ha hablado abiertamente y con claridad sobre ciertos sentimientos que con frecuencia se tienen en los momentos posteriores a la llegada de ese hijo o hija tan deseado. Para algunas personas reconocer la existencia de estos sentimientos es una especie de deslealtad hacia el mundo de la adopción, porque piensan que de si hablamos de las dificultades de la postadopción, de alguna manera podemos desanimar a aquellas familias que se estén planteando la adopción.

Esta forma de pensar hace un flaco favor, por una parte, a las familias que necesitan ayuda, porque negar o ignorar estos sentimientos no hace que desaparezcan y, por otra, a aquellas familias que están pensando adoptar porque no se les prepara para esta eventualidad.

El término “Síndrome de Depresión Postadopción” fue acuñado por June Bond en 1995 en un artículo publicado en la revista Roots and Wings. En ese artículo, Bond señala cómo cuando finalmente alcanzas el objetivo y entras a formar parte del “club de la parentalidad”, con tu carrito, el asiento portabebé, el monovolumen, etc., de repente, tres o cuatro semanas después, un extraño sentimiento de ansiedad te puede invadir. A este sentimiento es al que ella denominó “Síndrome de Depresión Postadopción”.

La depresión postparto es ampliamente conocida y aceptada como una consecuencia del reajuste hormonal que ocurre después del parto. En el caso de la depresión postadopción, no se puede culpar a las hormonas. De hecho, todo el mundo espera que estés exultante, después de haber logrado tu tan esperado sueño de se madre/padre.

Por este motivo, muchas familias sufren en silencio, llenas de sentimientos de culpabilidad, en vez de hablar abiertamente de la situación, para no decepcionar o confundir a sus amigos y familiares que no entenderían por qué no se sienten felices después de haber conseguido lo que durante tantos años habían deseado.


Posibles Causas

En todas las áreas de la vida se tienen expectativas respecto a como imaginamos el futuro. Las expectativas son algo necesario, que nos ayudan a prepararnos para alcanzar los objetivos que nos proponemos. Sin embargo, es importante tomar conciencia de que se puede caer en la tentación de tener falsas expectativas o expectativas no realistas.

Cuando la realidad difiere grandemente de lo que se había imaginado, esta realidad crea estrés y, a veces, sentimientos de tristeza, resentimiento y ansiedad, que son la antesala del estado depresivo.

Entre las posibles causas de esta situación puede haber expectativas no cumplidas respecto a nosotros mismos como madres/padres, respecto a nuestros hijos/as, respecto a nuestra familia y amigos o respecto a la sociedad.

1.- Expectativas no cumplidas respecto a nosotros mismos como madres/padres

Las personas que hemos adoptado hemos tenido que pasar por un proceso donde se ha valorado nuestra capacidad para ser padres/madres y donde hemos tenido que exponer nuestros principios educativos sobre muchas cuestiones, lo cual parece que nos ha preparado suficientemente para ejercer la maternidad/paternidad. Por otra parte, el largo proceso les ha hecho desear tanto ese hijo/a, que pueden llegar a pensar, erróneamente, que el amor será suficiente para enfrentar cualquier tipo de problema.

Debido a estas altas expectativas, cuando algo no funciona tan a la perfección como esperábamos, nos damos cuenta de que no somos los padres/madres perfectos que creíamos, y podemos caer en una irritabilidad, frustración y ansiedad que son signos de depresión parental.

Esto ocurre, especialmente, en aquellos casos en los que la vinculación con el hijo o hija no ocurre espontáneamente desde el primer momento. Hay muchos libros y artículos escritos sobre problemas de vinculación desde la perspectiva de los niños, pero se habla menos de los problemas de vinculación desde la perspectiva de los padres y, especialmente, de las madres. Sin embargo, es una realidad que existe.

La sociedad hace creer que el amor maternal es algo natural, instantáneo, pero esto no siempre es cierto. ¿Qué ocurre cuando ese niño o niña que tanto han deseado no les gusta, cuando su comportamiento es tan diferente de lo que esperaban, cuando sólo quiere estar con el padre o con la madre, con el consiguiente sufrimiento que esto supone?

En esta situación emergen sentimientos que nunca hubieran imaginado y que les llevan a plantearse su legitimidad y su capacidad para criar a ese hijo o hija. Incluso pueden llegar a plantearse si no habrá sido un error empeñarse en tener un hijo cuando la naturaleza se lo ha negado.También pueden surgir sentimientos de culpabilidad por no ser capaces de quererlo o por haber impuesto esta situación a un hijo biológico, en el caso de familias como una opción para ampliar la familia.

En otras ocasiones, los cambios en la forma de vida, la falta de sueño, la responsabilidad de cuidar un niño las 24 horas de cada día, 7 días a la semana, en la que tomar una ducha tranquilamente puede convertirse en una meta personal, el deterioro de otras áreas de la vida, como las relaciones de pareja, pueden crear un estrés, que difícilmente se anticipó cuando se inició el proceso. En el caso de familias monoparentales, este estrés se siente doblemente, porque a los cambios en el estilo de vida se suma que tiene que enfrentar toda esta situación sin contar con alguien que lo releve en algún momento del día o de la noche.

Lo importante es tomar conciencia de que los super-padres y las super-madres no existen, que estos sentimientos son naturales, que hace falta tiempo para establecer una buena vinculación (a menudo, y en el mejor de los casos, se necesita de dos a seis meses para que florezca un sentimiento real de vinculación), que se necesita ayuda para manejar situaciones nuevas o no esperadas, y que la llegada del hijo o de la hija a casa no es el final, sino el principio de un largo y maravilloso viaje, que implica una reestructuración de la vida familiar, personal o de pareja, y que puede tener, como todos los viajes, imprevistos que hay que aprender a afrontar.

2.- Expectativas no cumplidas respecto a nuestros hijos/as

Siempre resulta difícil y, a veces, doloroso, tanto para las familias biológicas como para las adoptivas, enfrentar el hijo soñado con el hijo real. En el caso de familias adoptivas se trata de niños que, con frecuencia, han sufrido abandono emocional, desatención física, los efectos de la institucionalización, etc. En algunos casos son niños con problemas no esperados en el terreno escolar, médico, neurológico o emocional.

En estos casos, hace falta que ese niño o niña que se soñaba como saludable, feliz, que le iba bien en la escuela y con los amigos, deje paso a este otro niño con retrasos, conductas difíciles, problemas de vinculación, etc., que nos agota. Hace falta elaborar el duelo por la pérdida de esa fantasía, para que se pueda recibir al hijo real con sus necesidades reales.

Mientras que esto no ocurra surgirán sentimientos de profunda tristeza, de rabia, preguntas como “¿por qué a mí?”, en vez de la alegría que se esperaba. También pueden surgir sentimientos de negación de la realidad, pensando que el tiempo y el amor solucionarán el problema.

3.- Expectativas no cumplidas respecto a la familia y los amigos

Los padres y madres adoptivos, a veces, no están preparados para entender las reacciones del resto de la familia, sobre su decisión de adoptar. Cuando, a veces, toman conciencia de que no pueden contar con su apoyo y aceptación, es normal sentir rabia, tristeza y enfado ante la recepción de “segunda clase” que le han dado a su hijo/a, el trato diferente que reciben en los regalos de cumpleaños, o la frialdad en reuniones familiares como navidad u otras fechas señaladas, por no hablar, incluso, de las diferencias que se pueden llegar a hacer entre nietos biológicos y adoptados en testamentos y herencias.

Cuando se llega a reconocer esta realidad duele que no se pueda contar con el apoyo que se suponía vendría del círculo más cercano, exacerbando la vulnerabilidad que probablemente ya se sienta, pero hay que aceptar y admitir que estas actitudes desleales se pueden contrarrestar con estrategias como la de llegar a entender que no se puede vivir la vida a través de la familia extensa, ni la familia extensa puede vivir la vida a través de los valores y elecciones que nosotros hayamos hecho.

A veces, también es necesario poner fronteras o barreras que te protejan a ti y a los tuyos de los prejuicios y heridas que puede causar una familia extensa que no comparta tus principios, valores y decisiones.

Por otra parte, la mayoría de las familias que adoptan tienen una edad en la que muchos de sus amigos tienen los hijos ya crecidos, con lo cual los intereses y las necesidades son diferentes. Esta situación también puede producir sentimientos de soledad, al no contar con un grupo de amigos con los que compartir las experiencias.

En ambos casos, a veces, cuando surgen problemas no esperados, se pueden escuchar comentarios como “no os deberías haber metido en esto”, “con lo bien que estábais…”, “deberíais haberlo pensado bien”, etc. para los que hay que estar preparados, pero que, indudablemente, duelen y acentúan los sentimientos de rabia, tristeza y soledad.

4.- Expectativas no cumplidas respecto a la sociedad

Las familias adoptivas son minoría en la sociedad, y como cualquier minoría, cuenta con menos apoyo y recursos y con la incomprensión y posibles prejuicios de la mayoría dominante.

En el caso, además, de familias interétnicas, donde es más obvio y evidente el hecho adoptivo, son frecuentes las preguntas intrusivas, que no respetan la privacidad de la familia e invaden su intimidad hasta extremos que no se entenderían en el caso de que fueran familias biológicas.

Por otra parte, cuando los niños no están acompañados en ese momento por los padres, a veces, se pueden escuchar expresiones xenófobas que cambian repentinamente cuando se dan cuenta de quienes son sus padres. Lo mismo suele ocurrir en las escuelas cuando se habla de la presencia de hijos de emigrantes en relación al descenso del nivel de la clase, pero inmediatamente se dice: “por supuesto, no nos estamos refiriendo a tu hijos”.

Más grave resulta cuando llegan a la adolescencia o la juventud y su sola presencia provoca una actitud de “sospecha”. Todas estas situaciones pueden provocar sentimientos de ira, rabia, resentimiento, etc, que dificulten el proceso de adaptación en un principio, o que posteriormente reestimulen la desestabilización inicial.


Síntomas que nos pueden alertar

La depresión se manifiesta de forma diferente en hombres y mujeres, entre otras razones, porque sus roles están fuertemente influenciados por cuestiones culturales.

Algunos hombres tienden a mostrar irritabilidad, enfado, frustración, falta de interés por el trabajo y por sus aficiones, problemas de sueño, aunque la mayoría, se vuelcan en el trabajo tratando de esconder la situación ante sí mismos, su familia y los amigos. Otros tratan de ocultarlo con actividades de alto riesgo.

En otros casos, los hombres vuelcan su enfado con el “sistema”, al que consideran responsable de no exponer con claridad todas las necesidades o problemas que tiene el niño, o bien de no proporcionar los recursos educativos o médicos que necesitan. De ahí que centren sus energías en encontrar vías para resolver el problema, más que en el aspecto emocional.

Las mujeres suelen tener más sentimientos de tristeza, de vacío, de falta de valoración personal y de culpabilidad. También pueden tener pérdida o ganancia significativa de peso, pérdida de energía o cansancio excesivo, insomnio o hipersomnia, dificultad para concentrarse y disminución de interés por la mayoría de las actividades.


Estrategias para evitarla o superarla

Resulta relativamente frecuente encontrar personas que, tras pasar por un período de depresión postadopción, comentan que todo habría sido más fácil y llevadero si alguien le hubiera alertado sobre su existencia, y si alguien le hubiera preparado con estrategias para evitarla o para superarla.

La primera estrategia sería precisamente reconocer su existencia y que es más común de lo que se piensa, porque hay razones válidas para sentirse así después de un largo proceso, que puede haber durado años, con muchas tensiones emocionales. Además, si en algún momento anterior se ha padecido una depresión, el riesgo es mayor.

La segunda estrategia sería tomar conciencia de que en el momento de la adopción se necesita apoyo psicoemocional y físico, como si se tratara de un recién nacido, por lo que se debería alertar a amigos y familiares de ello. En el caso de un parto biológico se supone que la madre necesita un tiempo para recuperarse, tanto física como emocionalmente, y su entorno se suele volcar, ayudando en tareas de la casa, ayudando con el bebé, etc., cosa que no ocurre en el caso de las maternidades adoptivas.

Más bien ocurre todo lo contrario. La casa se llena de visitas que impiden a veces recuperarse incluso del jet-lag, y que con toda su buena intención lo único que hacen es dar más trabajo y restar tiempo para disfrutar de estos primeros momentos, fundamentales para establecer una buena vinculación.

Por eso, aunque parezca descortés, hay que limitar el número de visitas y encontrar algún familiar o amigo que se encargue de las cuestiones domésticas durante los primeros días.

También es recomendable alargar la baja maternal el mayor tiempo posible y posponer la entrada en la guardería o la escuela al máximo, ya que estos momentos son necesarios para establecer vínculos, crear rutinas, en suma, establecer un período de adaptación lo más relajado posible, sin presión de horarios ni calendarios, cosa mucho más fácil de conseguir si contáramos con el año de que disponen las familias en Noruega para tal fin.

La forma física no debe descuidarse, durmiendo las horas necesarias, comiendo de forma equilibrada y pasando tiempo al aire libre. Esto no siempre es fácil, especialmente si el niño tiene trastornos de sueño, pero hay que buscar a alguien que ayude, si el padre no puede, que permita a la madre echar una pequeña siesta cuando sea necesario, o simplemente dedicarse a sí misma unos minutos al día.

En caso de familias monoparentales es importante contar con una red de apoyo social o familiar porque a esto se une el hecho de que, generalmente, se trata de personas que llevan varios años viviendo solas y disponiendo de libertad para entrar y salir, para organizar el tiempo y el espacio a su manera, etc. y de pronto se pueden ver sobrepasadas por la responsabilidad, el cansancio, las situaciones imprevistas, etc.

Por otra parte, es frecuente que algunos padres sientan que con la llegada del niño han perdido su espacio, ya que la madre vuelca todo su energía y sus afectos en el nuevo miembro de la familia. Todo esto puede deteriorar la relación dentro de la pareja y añadir estrés a la situación.

Es importante, pues, tener en cuenta que los primeros meses son un tiempo de transición para toda la familia, con lo cual la relación de pareja también se va sentir afectada. Por esto es fundamental reservar un tiempo exclusivo para los dos solos, ya que el mejor regalo que se  puede dar a un niño/a que ha sufrido abandono y carencias afectivas es un hogar estable, donde unos y otros velan por el bienestar emocional y afectivo de todos los miembros de la familia.