La Conducta de Apego

El primero en desarrollar una teoría del apego fue John Bowlby. Según esta teoría, los niños están desde el principio emocionalmente apegados a sus cuidadores, primordialmente la madre, y emocionalmente angustiados cuando son separados de ellos.

Según Bowlby, esta conducta está regulada por el sistema nervioso central y está al servicio de la supervivencia, puesto que los bebés son seres indefensos que dependen de un adulto para sobrevivir, por lo que el sistema de apego está compuesto por tendencias conductuales y emocionales diseñadas para mantener a los niños en cercanía física con sus cuidadores, especialmente la madre.

Investigaciones recientes llevadas a cabo con animales muestran que el exponerlos a situaciones de estrés o tensión nerviosa (estando en el útero o después del nacimiento) provoca efectos dañinos en la estructura cerebral. Por ejemplo, cuando se priva a las crías del contacto con las madres o éstas tienen un comportamiento errático e insensible, posteriormente éstas muestran problemas emocionales y de socialización. En cambio,  aquellas crías que reciben cuidados cariñosos y atentos de sus madres, logran una mayor capacidad para lidiar con las tensiones cotidianas.

Por tanto, las experiencias que los niños/as tienen cuando son bebés y en la primera infancia, enseñan a sus cerebros cómo pensar, cómo sentir y cómo relacionarse, de forma que podemos decir que el cerebro no sólo nos permite ver, oler, gustar, pensar y movernos, sino también amar o no amar.

Además, debido a que los recuerdos traumáticos se almacenan en las áreas más “primitivas” del cerebro, son menos accesibles  a través del lenguaje, la lógica y el razonamiento. Permanecen “congelados” en el tiempo, con la misma intensidad que cuando ocurrieron. Cuando surge un recuerdo traumático, se incrementa la actividad en el hemisferio derecho del cerebro, lo que provoca una respuesta emocional. Al mismo tiempo, decrece la actividad del hemisferio izquierdo, que es el que controla el lenguaje, con lo que disminuye la capacidad del niño/a para expresar con palabras lo que siente.

Con el desarrollo de la neurociencia y el nacimiento de una nueva disciplina, la Psicología Prenatal, se  ha demostrado que, en realidad, el vínculo posterior al nacimiento no es más que la continuación de un proceso de vinculación que había comenzado mucho antes, en el útero materno.

Según Thomas Verny, uno de los principales impulsores de esta nueva disciplina, el feto puede ver, oír, experimentar, degustar y, de manera primitiva, inclusive aprender, por lo que lo sentido y percibido por la criatura mientras está en el útero, definirá en el futuro, en parte, su comportamiento social. El instrumento fundamental para este aprendizaje es, por supuesto, la madre.

Pero, el vínculo intrauterino no se produce automáticamente. Para que funcione, es preciso que la madre lo establezca. Si la madre se cierra emocionalmente, el niño intrauterino no sabe qué hacer. El período óptimo para que se establezca este vínculo son los tres últimos meses de embarazo, y especialmente los dos últimos.

Evidentemente, las emociones negativas o los hechos que producen tensión en la madre no afectarán negativamente el establecimiento del vínculo intrauterino si son ocasionales. Aunque las tensiones externas  que afronta una mujer, tienen importancia para el establecimiento del vínculo entre ambos, lo más importante es lo que siente hacia su hijo no nacido. Sus pensamientos y sentimientos son el material a partir del cual el niño intrauterino se forja a sí mismo.

En un estudio llevado a cabo con dos mil mujeres durante el embarazo y el alumbramiento, se llegó a la conclusión de que la actitud de la madre producía el efecto más importante en la forma de ser del infante.  Todas procedían de la misma extracción económica, eran igualmente inteligentes y habían disfrutado del mismo grado y calidad de asistencia prenatal. El único y principal factor distintivo era la actitud hacia sus hijos no nacidos. Los hijos de las madres aceptadoras (las que deseaban tener descendencia) eran emocional y físicamente mucho más sanos al nacer y después que los hijos de madres rechazadoras, lo cual muestra que sentimientos como el amor o el rechazo afectan al niño intrauterino desde muy temprano.

Las emociones de la madre desempeñan un papel importante en el modelado del “yo”. Las madres cálidas y cariñosas  alumbran hijos más seguros y llenos de confianza en sí mismos porque ese yo está hecho de calidez y amor. De manera semejante, si las madres desdichadas, deprimidas o ambivalentes dan a luz un porcentaje superior de niños difíciles, se debe a que los egos de sus vástagos se modelaron en momentos de temor y angustia. No es sorprendente que, sin una reorientación, dichos niños se conviertan a menudo en adultos desconfiados, ansioso, y emocionalmente frágiles.

En cuanto al nacimiento, es el primer choque físico y emocional prolongado que experimenta el niño y hasta los detalles más insignificantes dejan huellas imborrables en su memoria, aunque no se puedan evocar conscientemente. Por ejemplo, bebés que han tenido partos difíciles, con sufrimiento fetal y pérdida de oxígeno en algún momento, de niño y adultos suelen tener problemas de claustrofobia.