Ponencia de Eva Gispert durante II Jornadas europeas sobre RESILIENCIA por EXIL (Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan) el día 17/12/2011


Este relato no pretende en absoluto un ejemplo de resiliencia, ya que sería muy presuntuoso y poco realitsta por mi parte, sinó un ejemplo de como a pesar de haber tenido una vida tan fácil y con muchos recursos de distinto tipo, las dificultades que pueden aparecer y el sentimiento de soledad y de pérdida que se tiene; y que se puede agravar si no existe un acompañamiento y preparación adecuada.

Nací en Arteixo, La Coruña el 28 de enero 1967 según partida de nacimiento y el 2 de enero según la partida de bautismo. Soy Eva Gispert y también Eva Maria Ferreiro Carracedo.

Me adoptaron a los 2 meses matrimonio de un pueblo de Girona.

Era una niña muy movida, extrovertida, observadora, inquieta, con mucha intuición, con mucha necesidad de agradar, hablar y expresar; y DE AFECTO. Aparentemente desenfadad, espontánea, y tan segura de mi misma que podía parecer que me comía el mundo.

Pero también era una niña con mucha sensibilidad, vulnerabilidad, preguntas, inquietudes, ansiedad, mucho sentido de la responsabilidad, autoexigencia, amor propio, deseo de superación, competitiva porque me comparaba y me medía según los demás. Y con mucho miedo a no cumplir con las expectativas, aunque las iba cumpliendo en todo, según lo que entendía yo que me pedían los demás y, sobretodo, mi madre en concreto.

Todo ello provocaba una huida hacia la acción. Tenía que demostrarme a mi misma y a los demás que podía con todo. Y como parecía, en mi caso, que así era, me daban más (estudios, actividades extraescolares, mucha libertad para salir y entrar de casa siempre que llevara resultados académicos. Mucho movimiento!!).

Esta huida hacia a la acción me ayudó mucho pero también tapó durante mucho tiempo la base tan frágil que había debajo.

Yo recuerdo una infancia muy feliz, con mucho afecto de mis padres, de mis amig@s, de l@s profesores y del pueblo en el cual crecí.

A los 6 años me peleé con una amiga y me soltó que era adoptada. Yo no sabía que quería decir pero me lo aclaró enseguida: “que tus padres no son tus verdaderos padres”. Entonces recuerdo ir corriendo, llorando a ver a mi madre y explicárselo. Es curioso porque no tengo la sensación que me afectara mucho pero en cambio no se me olvida la imagen de qué estaba haciendo mi madre en aquel momento y la cara que puso. Recuerdo que dejó de planchar y me contó, no recuerdo exactamente sus palabras, pero sí que sí que era su hija de verdad pero que me habían ido a buscar a La Coruña cuando yo era muy pequeñita porque ellos no podían tener hij@s y contactaron con una persona que ayudaba a otros padres como ellos para que niñ@s que no tenían padres pudieran también tener unos. O algo así. Lo que sí recuerdo es el énfasis que puso en aquel momento en que desde el primer momento que me vieron supieron que yo era su hija, que era la niña más preciosa que habían visto hasta entonces; y que estaba en una sala llena de cunas con muchos otros bebés pero que nadie ya le quitaría a su hija. Y que cuando volvieron el segundo día para recogerme, le preguntaron si reconocía cuál de esos bebés era el suyo; y ella dijo muy seguro, “claro que la reconozco, esa es Eva, mi hija”. Todavía me emociono cuando lo cuento. No sé cuantas veces más seguramente oí este relato. Creo que no me cansaba de pedirle a mi madre que me lo volviera a contar una y otra vez.

Todos los hij@s necesitan sentirse únicos, especiales respecto a los demás, pero en el caso de los niñ@s adoptad@s es la única forma de sentirse unidos a sus padres y madres.

No recuerdo mucho más trauma que éste, supongo por la misma necesidad de supervivencia y de vincularme. Siempre he sentido que mis padres me querían muchísimo y que su vida giraba entorno mío, lo cual no quiere decir que sea bueno, pero a mi me ayudó mucho en momentos de duda y ansiedad. No obstante, es muy sintomático que aquella escena con mi madre se me quedara tan grabada. Y que no recuerde las palabras! Hay un mecanismo de defensa que cuando algo nos hace mucho daño lo borramos, pero las consecuencias emocionales quedan igual. Por ej cuando nos duele la espalda, podemos estar trabajando y hay momentos que no nos acordamos, pero cuando llegamos a casa, sentimos que la espalda nos duele mucho más que antes. Si no somos consciente de ese dolor, no haremos nada y empeorará. Con el dolor emocional ocurre lo mismo. Si no eres consciente, van apareciendo diversos síntomas pero como no sabes de donde viene no puedes solucionarlo.

Y así fui creciendo con este movimiento, necesidad de afecto, de inquietud, necesidad de expresar y de cosechar éxitos para podérselos ofrecer a mis padres y al mundo en general. “Ser merecedora de esa suerte tan grande que me había caído”. Pero esta meta tan alta que me había puesto tiene un precio. Y poco a poco iba cobrándose en mi misma. Los primeros síntomas de ello que yo recuerde fueron en la adolescencia con mucho sufrimiento: eran épocas de estrés porque tenía exámenes del colegio, de ballet, de piano, de inglés, y temía no poder estar a la altura. Además coincidió también con una etapa en que tenía un novio al que quería mucho pero estaba confusa en si debía yo dejar la relación o no. Todo ello provocó una ansiedad brutal, un sentimiento de pérdida, de no estar a la altura, de sufrir también por los demás para no hacer daño, un sentimiento de culpa muy grande y de responsabilidad. Mucho miedo en no ser capaz de llegar y de defraudar a todo el mundo. Pero todo esto no era capaz de expresarlo porque era parte del miedo a defraudar. La Eva tan fantástica, que podía con todo, que siempre estaba alegre, no podía ahora presentarse como triste, angustiada, débil, vulnerable, perdida, desamparada. Nadie me iba a entender. Sólo aquel amigo/novio que me estaba planteando dejar había tenido, en alguna ocasión, no siempre de poder ver a esta otra Eva, que en muy pocas ocasiones dejaba asomar. El resultado de todo esto fue una época larguísima de insomnio y de levantarme a las tantas de la madrugada buscando ayuda. Pero no la pedía así tal como os cuento, sino que desquiciada y angustiada de no poder conmigo misma me iba a la habitación de mis padres, sobretodo en busca de mi madre y enfada les decía que no podía dormir. Como me parecía que no me hacía mucho caso y que probablemente me decía que intentara leer, pensar en otra cosa, o que me estuviera quietecita en la cama y que ya me dormiría, me enfadaba todavía más. Me sentía muy, muy sola, angustiada y desesperada. Ahora me doy cuenta que me juzgaba a mi misma en esos momentos y muy duramente. Pero entonces, claro, era incapaz de verlo así y mis padres tampoco. Porque parecía justo todo lo contrario. Entonces, ya exhausta por no poder conmigo misma, de alguna forma hacía todo lo posible para que mi madre se levantara y arremetía contra ella diciéndole que no era una buena madre, que la madre de una amiga mía era mucho mejor que ella, que claro como no era mi madre de verdad… y así seguía…! Y mi madre no sabía qué hacer, se enfadaba más conmigo y entrábamos en una discusión que no la ayudaba nada a ella, y por supuesto, menos a mi. Luego me sentía muy culpable de haberme portado así, y estaba todavía peor que cuando empezamos hasta que se volvía a repetir la escena de esta u otra forma.

Que fácil hubiera sido que yo hubiera podido expresarle a mi madre que me sentía perdida, que tenía mucho miedo de no cumplir las expectativas que ell@s habían puesto en mi y que esto me hacía sentir que no valía nada y que no haría nada bien! Y que fácil hubiera sido que sin tener que decir nada, mi madre hubiera sabido interpretar mi conducta, mi miedo, mi ansiedad, mi sentimiento de desubicación y de soledad, la necesidad de afecto y de cariño que en el aquel momento estaba reclamando!

Pero mis padres no sabía más, y yo tampoco, claro.

(Por eso nació este proyecto, y para mi cobra tanto sentido, el Instituto Familia y adopción, para poder acompañar a las familias y darles recursos y herramientas par ayudar a sus hij@s y no tengan que pasar sol@s por estas experiencias que si no se gestionan bien pueden agravarse).

Esto se fue repitiendo aunque no tan intensamente y prolongado en el tiempo cada vez que pasaba por un cambio importante en mi vida o un reto al que me parecía que no llegaría. Y es que además me ponía muchos, para llegar y poder cumplir con lo que a mi me parecía que debía cumplir. Y claro, no llegaba nunca, o cuando llegaba, enseguida me ponía otro más; y así siempre. Hasta que llegué a cumplir muchas de las cosas que me había propuesto: una licenciatura, un máster, otro máster, y así… Una pareja que me costó encontrar que estuviera, claro está, yo a la altura a ratos; y él a la mía, otros! Pero la necesidad el afecto, la paciencia de mi pareja, mi tesón por luchar por las situaciones difíciles, la vida pudo más que yo misma y me dio una pareja en quien poder confiar, unos hij@s estupendos a quien poder querer y disfrutar.

Y es curioso porque parecía que nada de esto tenía relación con el hecho de ser adoptada. No claro, si lo llevaba genial yo! No me preocupaba mucho el tema de la familia biológica. Bueno, siempre me hubiera gustado ver mi madre biológica como era, en cuanto me parecía a ella o no, si tenía herman@s biológicos. Yo en mi familia adoptiva era hija única y con mi necesidad de comunicar y expresar esto era aburrido y muy duro. Pero bueno, nada más, lo iba capeando según yo y todos los demás, bastante bien.

Sólo cuando tuve 21 años y ya tenía pareja estable decidimos ir de viaje con Alberto, el que ahora es mi marido. Se me ocurrió, así por casualidad, ir a La Coruña, porque nunca había estado hasta entonces. Esa tierra que me parecía tan próxima, cercana y simpática. Esa tierra que me a mi me parecía que me acercaba a mi lado más alegre, espontáneo, extrovertido, abierto, intuitivo, retador, contradictorio, sensible, explosión de naturaleza y de pulsiones. No me sonaba al carácter más cerrado, distante, prudente, pragmático, racional, el “seny” catalán. Pero que yo intentaba adoptar, también, para compensar la otra parte más genuina y natural que en algunos momentos podía parecer poco seria y respetable.

Así que decidimos emprender el viaje a La Coruña y cuando se lo dije a mis padres, leí la cara de preocupación en mi madre; y que yo interpreté también como de enfado y de desconfianza hacia mi. A mi padre, en cambio, le pareció muy lógico y en aquel momento sacó una carta, que me contó que mi madre biológica, Jesusa, les había enviado cuando yo tenía 3 años. Les pregunté porque no me la habían entregado antes y no supieron qué contestar. Interpreté yo misma que otra vez el MIEDO y el NO SABER CÓMO GESTIONARLO.

Abrí la carta y empecé a leer. Contaba que yo era su hija. Cuenta que enviudó con 4 hijos varones a su cargo. Tuvo otra relación y fruto de ella nací yo. Las economía doméstica se puso muy difícil y tuvo que dejarnos a los 4 hermanos y a mi con 2 meses en la casa cuna de La Coruña para poder ir a trabajar en la vendimia francesa. Cuenta que las monjas le dijeron que no se preocupara de nada, que allí los niñ@s estarían muy bien cuidados. Le hicieron firmar unos papeles. Ella no sabía leer ni escribir. Estaba firmando la adopción sin saberlo. Juraba y perjuraba que ella no sabía ni quería darme en adopción, que las monjas decidieron por su cuenta, que me quería muchísimo y que una persona de la casa cuna viendo lo que habían hecho las monjas le dio mis apellidos actuales y la dirección de mis padres adoptivos. Ella vendría a buscarme pues era su hija y no podía vivir con lo que le habían hecho esas monjas. Comentaba que era pobre pero que quería muchísimo a sus hij@s y jamás se le había ocurrido separarse de ell@s.

Mis padres me contaron que llamaron enseguida a la persona que había tramitado la adopción y les dijo que Jesusa se había arrepentido después y que vete a saber qué intereses más tenía. Que no se preocuparan que ya hablarían con ella. Debió ser así. Y muy contundentes y persuasivos porque nunca más se oyó a hablar de ella.

Esta historia me conmovió y entendí, claro, lo que le había pasado y cómo se debió sentir. Pero también rápidamente pensé en mis padres e imaginé lo aterrados que debían estar en ese momento. Mi padre guardó la carta y decidieron que cuando fuera mayor me la entregarían según vieran como estaba. Y también pensé en mí. Claro, como podía imaginarme yo haber vivido otra vida fuera de mi entorno al que yo quería tanto, y que necesitaba tanto para mi estabilidad emocional.

Con todo esto me fui a la Coruña con la intención de descubrir un poco más y con la duda de que supondría para mi y para ella encontrarnos, si llegaba a darse este hecho. Sospesé los pros y los contras: cómo sentiré en aquel momento? Y ella? Y mis hermanos? Y qué pasa si veo que están en una situación económica muy mala y me siento muy responsable y obligada a mantener una relación con ellos? Podré? Quiero esto?.

Estaba muy confusa. Aun así quise acercarme un poco más y ver hasta dónde llegaba. Fui a la parroquia donde me bautizaron y el párroco no supo decirme; o no quiso. Y me envió a la Diputación. Allí me recibió una psicóloga que me preguntó si había tenido una infancia feliz, a lo que yo respondí que sí. Y me planteó las mismas preguntas que yo, y también, mi marido me hacía. Así, que me dio miedo y lo dejé allí. Pensé que si Jesusa me quería encontrar ya sabia donde, pues ella conocía mis datos. Seguimos de turismo con Alberto por Galicia pero recuerdo que cada día dormíamos en un sitio distinto. La ansiedad y la inestabilidad emocional otra vez me pedía moverme.

Volvimos a casa y seguí con mis cosas. Empecé un máster, encontré un buen trabajo, me casé y tuve 2 hijos. Me tuve que hacer una prueba especial cuando estaba embarazada para descartar posibles enfermedades genéticas porque no tenía a quien preguntar. Bueno, ni me lo planteé. Había cerrado aquella ventana, era más fácil para mi ignorarla en aquel momento y seguir con mi vida. Ya tenía tanta acción que para que quería más!.

Y cuando ya parecía que había cumplido con todo, con lo que según interpretaba yo que la sociedad esperaba de mí, lo que mis padres, mi madre sobretodo, y yo misma me exigían, llega un día que se me desploma todo. El edificio tan fantástico construido un piso sobre otro se viene a bajo entero. De repente lo que me había sido tan útil hasta entonces y que me hacía ponerme en marcha, los retos por conseguir lo que fuera: unos estudios, un trabajo, una casa tener una pareja estupenda, unos hij@s estupendos ya no me llenan, ya no me sirve para llenar un vacío que ahora ya siento muy grande, una autoestima muy baja que ya no puedo ni disfrazar, un desconsuelo, una tristeza y una sensación de falta de identidad que me deja sin energía y sin ilusión para hacer nada.

Que casualidad porque esto me pasa justo después de aparecer un día en mi casa Jesusa, la madre biológica con un papel en la mano que debían ser los papeles que probaban que yo era su hija, por si yo no la creía o no sabía nada de todo ello. Lloraba y no paraba decir “que guapa eres, que guapa eres y que mayor” “y que bien estás”. Yo en aquel momento sentí mucha pena, estaba muy preocupada por ella. Pero mis sentimientos hacia ella son como si llegara una pariente cercana que siempre has sabido que existía y que sabes que te quiere un montón pero que no puedes sentir más que eso. Sentí el cariño que me estaba manifestando. Le dije que no se preocupara. Intenté que sintiera que lo que había hecho era lo mejor que podía hacer. Así pensaba yo entonces. Que una educación como la que había tenido y todo lo que había construido valía la pena ese sacrificio. Ni teniendo ya 2 hij@s se me ocurrió pensar lo que habría sufrido aquella mujer, o sí, pero en todo caso era la vida que me había tocado y me gustaba, era la mía y la que conocía, no había conocido otra. Quería que supiera que siempre me había sentido muy querida por mis adres adoptivos y que estaba orgullosa de como me habían educado.

Mi marido alucinaba y no daba crédito a cómo yo estaba reaccionando. No lo entendía y estaba muy enfadado por aquella invasión de mi/nuestra intimidad sin avisar. Pero yo en aquel momento parecía que lo llevaba de maravilla.

Pero el mismo día por la noche, empecé a experimentar un sentimiento de rechazo, tristeza y desubicación profunda. No sabia qué me estaba pasando. A partir de entonces, y seguramente porque coincidió también con otras circunstancias de mi vida, mi autoestima cayó en picado. Sentía que todas cosas que tenía y que me habían servido tanto hasta entonces no tenían sentido. Sentía un vacío muy grande, muchísima soledad, tristeza y desilusión. De repente la Eva entusiasta, enérgica, activa, alegre y que siempre estaba en todo y por tod@s no estaba. Emergió la Eva perdida, confusa, vulnerable, sensible, reflexiva, ansiosa, que no puede con los retos cotidiano que se le plantean, que se juzga constantemente y además no entiende que teniendo todo lo que ha conseguido no le basta. Se critica por no valorar lo que tiene, pero no puede con la tristeza y el tedio que de repente la invade. Y empiezo a replanteármelo todo pero no sé por dónde empezar. A partir de ahí empiezo todo un trabajo interior que me lleva a relacionar que a pesar de que en un primer momento el hecho de haber interrumpido la relación con la madre biológica te deja una memoria emocional y de afrontar la vida y las relaciones, diferente a la que una persona sin esa interrupción tendría.

Tuve la suerte de poder trabajarlo con una psicóloga especialista en adopciones y muy buena! ¿Qué hizo ella? No me sacaba el tema del abandono y los problemas de la adopción como se suele hablar. Esperó que yo poco a poco fuera entendiendo que muchos de estos símptomas que antes os he expresado eran fruto del abandono en una edad tan temprana pero tan importante para desarrollar lo que llaman “un apego seguro “. Me tendió puentes , un modelo para aprender a hablarme a mi misma con más benevolencia y aceptación en el que no estuviera constantemente juzgándome a mi misma; y también, para aprender a reflexionar y CONFIAR. Y empezamos hablando de “galletas” (es decir, de lo que me pasaba en el día a día) para poder llegar poco a poco al núcleo (por qué me pasaba todo aquello) y así poder ir cambiándolo o gestionándolo mejor. Y así mejoró todo: la forma de relacionarme en el trabajo, con mi marido, con mis hij@s y por supuesto, la base de todo, CONMIGO MISMA.

De ahí empecé a hacer cosas que me gustaban sin buscar más motivo que éste: Mediación familiar, Teatro terapéutico, disfrutar de las cosas sencillas, vivir!!! Y sin darme cuenta, mira por donde, acabé encontrándome mi pasión: técnicas, herramientas, recursos que me ayudaron mucho a mi misma; y que además, se me ocurrió que podían ayudar también a otras personas como yo (niñ@s, adolescentes, familias) para aprender EMPATÍA y llegar a entender más allá de las conductas y determinados gestos que fácilmente pueden confundir.

Empleamos mucho tiempo en hacer másters, cursos, etc.. y no nos damos suficiente espacio para aprender a conocernos mejor y así gestionarnos, también, mejor. Parece que este espacio está reservado a la inercia del sentido común, pero no nos damos cuenta que este sentido común, muchas veces, está condicionado al desarrollo de nuestra personalidad. Ese desarrollo de nuestra personalidad tiene que ver con los primeros días, meses, años de nuestras vidas. Y la memoria emocional que llevamos impregnada.

Por este motivo creo firmemente en este proyecto EL INSTITUTO FAMILIA Y ADOPCION porque la tarea de educar a un niñ@ nunca es fácil tanto si es biológic@ como adoptad@ . Si además le sumamos que en la mayoría de los casos son niñ@s que han sufrido un abandono, períodos de institucionalización, un embarazo escasa o poco controlado, e incluso posteriores abandonos de familias de acogida, etc.. es una complejidad para la cual debemos prepararnos y formarnos; al igual que los profesionales que interactuamos con ell@s. Tenemos, además de las familias biológicas, unas tareas añadidas que hay que aprender y saber gestionar.

Preguntas que podemos hacernos:

  1. ¿En qué me hubiera beneficiado tener una entidad como el Instituto Familia y Adopcón?
  2. ¿Qué podrían haber hecho mis padres de diferente?