El duelo y su elaboración

Tanto los padres adoptantes como los hijos adoptivos enfrentan crisis específicas referentes a su situación de ser “adoptantes” y “adoptivos”. Cada uno de ellos deben ser cuidados y acompañados en la resolución de sus duelos y conflictos.

El trabajo del duelo constituye una reacción psicológica normal frente a una situación traumática, la cual implica una pérdida y a la vez genera un pesar. Mediante el trabajo del duelo se pretende que la persona acepte la pérdida, readaptándose a la nueva realidad de ausencia del objeto, condición esencial para la elaboración del duelo. Es decir, para conseguir que acontecimientos dolorosos se calmen en nuestro interior, se ha de llorar el dolor y dejarlo ir. Lo imposible o irrecuperable debe ser reconocido y aceptado como tal para dar lugar a lo posible.

Los síntomas o manifestaciones pueden ser muy similares a aquellos presentes en un episodio de depresión: tristeza, insomnio, pérdida de peso, angustia, culpa, pánico, desesperanza, apatía, etc. En algunos casos se evidencian pensamientos recurrentes de muerte, ideación suicida, o tentativa para llevarlo a cabo.

Los síntomas psicológicos anteriores se asocian frecuentemente con otros físicos: migrañas, úlcera, colitis, problemas respiratorios, palpitaciones, sudoraciones, etc. Se puede presentar una disminución en las defensas del organismo, lo cual facilita la infección y el contagio de diferentes agentes.

En el caso de los niños el dolor por la pérdida se puede manifestar en forma de rabia, tristeza, problemas de atención, dificultades para la vinculación, problemas de aprendizaje, etc.

La emoción es una energía que genera el cuerpo, y que por principio físico, no se acaba, sino que puede  transformarse en enfermedades somáticas, o en problemas de comportamiento. Esta energía debe ser sacada del cuerpo mediante la expresión de sentimientos como el llanto, la risa, las palabras, etc. Se habla de elaboración del duelo cuando hemos aceptado la pérdida y recordar no nos causa dolor.

El duelo, por tanto, afecta a toda la persona, tanto a nivel físico como psicológico. La respuesta individual del duelo depende de varios factores, tales como:
- Las características personales: edad, sexo, religión, duelos anteriores y personalidad
- Las relaciones interpersonales: la cantidad de vínculos y las posibilidades de comunicación. Las personas que tienen mayor apoyo social y que son animadas a expresar sus sentimientos lo superan con mayor rapidez
- Aspectos específicos de la situación: esperada, repentina, dramática, grado de vínculo afectivo o importancia de lo perdido, etc.


Etapas del duelo

Cuando la persona elabora el duelo, suele pasar por varias etapas, que pueden ocurrir en secuencias diferentes, y que ahora detallamos.

Primera etapa: Negación
La persona se niega a aceptar la evidencia de la pérdida. Se muestra incrédula y le parece que todo es una pesadilla, de la que se va a despertar de un momento a otro.

Segunda etapa: Rabia
A medida que la persona va asumiendo que la pérdida es real e irreversible, el sentimiento de impotencia le hace preguntarse por qué a ella, increpando al destino, a Dios, si es creyente, etc. Incapaz de manejar las emociones adecuadamente, se rebela contra lo que tiene más próximo. Si no expresa esa rabia, se puede transformar en dolores de cabeza, migrañas u otras formas vicarias de expresión corporal.

Tercera etapa: Negociación
En esta fase, que se puede mezclar con la anterior, la persona puede culpabilizarse y desarrollar algunas conductas que actúan como rituales, como actos de compensación. Si ha tenido rabia e impotencia, busca modos de canalizarla, hasta que comprende que nada sirve para devolver lo perdido.
Entonces surge propiamente la depresión. Es la fase más larga, puede aparecer angustia, sentimientos de indefensión, inseguridad, temor a nuevas pérdidas, etc.

Cuarta etapa: Aceptación
En esta fase se tolera la pérdida. Se valora el peso del azar y se buscan actitudes positivas que permitan el reajuste para adaptarse a la ausencia de aquello que se perdió. A medida que se va restableciendo de la pérdida, hace nuevos planes y siente que la vida merece la pena vivirse.

La persona que no elabora completamente el proceso de duelo puede tener problemas para conciliar el sueño, dificultades para concentrarse y falta de apetito. Muchas de estas personas se vuelven, además, consumidoras habituales de fármacos.