El duelo por la infertilidad

La infertilidad es uno de los temas más estresantes en las vidas de las personas que la padecen.
Frecuentemente expresan sentimientos de culpa y de desvalorización, baja autoestima, su sexualidad se ve afectada por la pérdida de la espontaneidad y sienten el aislamiento de sus amigos, que muchas veces están criando a sus hijos y se transforman en fuente de dolor para el matrimonio estéril.
Se trata de una crisis no anticipada en la vida de la familia.

Entre los futuros adoptantes encontramos personas dañadas en su autoestima dado que se frustraron sus ideales de paternidad/maternidad biológica. En ese caso deben disponer de un espacio de reflexión donde puedan disponer del tiempo individual y de pareja para elaborar el duelo de un no poder hasta acceder a un sí poder tener hijos a través de la adopción.

Estos duelos son difíciles de elaborar porque no hay rituales que observar o señales que pongan fin a las expectativas de la pareja de tener hijos biológicos.

Se habla de tres tareas que la pareja infértil debe hacer para adaptarse a la infertilidad:
- reconocer el dolor de perder esa experiencia básica de la vida
- restaurar una imagen corporal sana
- evaluar la importancia de la maternidad/paternidad y determinar si otras actividades compensan o bien considerar otras formas de paternidad/maternidad.

Con frecuencia ocurre que las parejas infértiles si no han elaborado el proceso de duelo suelen no hablar del tema, como si al no hacerlo se pudiera evitar al otro o a sí mismo el dolor.

Es tentador no hablar ni recordar lo doloroso. Así, muchas veces, uno de los miembros de la pareja, generalmente el que está en apariencia menos afectado emocionalmente por la infertilidad, ha optado por proteger a su pareja, no hablándole del tema, con lo cual no se permite recordar ni compartir los propios sentimientos al respecto. Así, cada uno vive su duelo en soledad, sin darse cuenta que si bien el hablar del sufrimiento implica abrir una herida, también permite curarla con mayor rapidez bajo la compañía y la contención de la pareja.

En muchos casos, la adopción es la última opción que se baraja tras recorrer un largo camino en busca del primer hijo biológico. Conviene saber que, en prevención de desarreglos emocionales en la familia, el cierre de ese camino natural y la apertura a la nueva alternativa no deberían ser simultáneos. Hay que dejar transcurrir un poco de tiempo; encarar la nueva realidad con una buena disposición anímica.  La dolorosa situación que supone ir aceptando que no se puede conseguir la paternidad biológica, que nuestro hijo no se va a parecer a nosotros y que habremos de explicar a los demás lo que nos ocurre, requiere su tiempo. Es necesario que el conflicto interno se resuelva y la frustración desaparezca, para que se asuma dicha realidad gozosamente y sin traumas. Sólo cuando nos hemos mentalizado positivamente, podemos comenzar a desarrollar el estado afectivo que requiere el trascendental paso de adoptar un niño.

Cuando la infertilidad no es asumida adecuadamente y la pareja adopta, como una forma de curar la herida que ese hecho produce, puede hablarse de una motivación que puede poner en riesgo el éxito de una adopción.

Es frecuente encontrar entre las personas que adoptan la idea de que la paternidad/maternidad adoptiva es igual a la biológica, como si al borrar cualquier diferencia que existiese entre ambas permitiera, por una parte, anular los sentimientos propios del duelo por la infertilidad y, por otra, los dejara en condiciones de igualdad con aquellos que forman familia de manera biológica.

El aceptar que hay diferencias, no tiene relación con poner en duda la solidez del vínculo afectivo que se puede generar entre padres e hijos adoptivos.

De hecho, el aceptar que sí existen diferencias básicas es lo que permite asumir y llevar a cabo una sana maternidad/paternidad adoptiva.