Adopciones Truncadas

Las adopciones truncadas son la punta del iceberg de las adopciones fracasadas, que son aquellas en las que, aunque se mantiene el vínculo legal, se buscan fórmulas, como mandarlo a un internado o a otras instituciones, para resolver la situación de conflicto permanente que vive la familia, o se continua la convivencia pero nunca llega a existir una vinculación afectiva. Son las llamadas adopciones "no constituidas", un porcentaje que varía entre el 2,4% y el 4,3 %. Se trata de familias en las que padres o hijos no se sienten vinculados emocionalmente o se muestran insatisfechos, a pesar de vivir bajo el mismo techo.

Un porcentaje más alto, superior al 15%, no cuestiona el vínculo pero lo vive en una atmósfera continua de dificultad. En conjunto, Ana Berástegui, Investigadora del Instituto de la Familia y la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad de Comillas de Madrid, y especialista en temas de adopción, considera que si se suman estos porcentajes, se desprende que en torno a un 20% de los padres e hijos adoptivos experimentan dificultades para vivir en familia, algo, por otra parte, a lo que tampoco son ajenas las familias biológicas.

En el caso de las adopciones truncadas, se trata de niños o niñas cuyas familias no se encuentran en disposición de continuar haciéndose cargo de ellos y pasan a la tutela de las administraciones públicas, pudiendo ser objeto de una nueva adopción. Es una situación similar a la de aquellas familias biológicas con hijos conflictivos que cuando se ven superados por la situación acuden a los servicios de protección de menores, aunque en estos casos no se presenten como un abandono. En cualquier caso, el porcentaje de abandonos en familias adoptivas es muy inferior al de familias biológicas.

En España no existen todavía estudios longitudinales que reflejen la realidad de las adopciones truncadas, porque las adopciones internacionales son un fenómeno reciente, pero se habla de un 1.5%, lo cual significa que entre 1994 y 2005, unos 500 niños/as que habían sido adoptados en otros países pasaron a depender del sistema de protección de menores, ya que al ser las adopciones irrevocables, no se les puede devolver a sus países de origen.

Este porcentaje está aún lejos de los que se dan en otros países con más larga tradición en adopciones internacionales, como Holanda (5%9, Suecia (6%), Gran Bretaña (11%).

En Estados Unidos, algunos expertos han lanzado voces de alarma al respecto, basándose en sus propias experiencias. Ronald S. Federico, un neuropsicólogo de reconocido prestigio en el campo de la adopción internacional, experto en niños postinstitucionalizado con problemas de conducta, ya en el año 2000, hablaba del rápido incremento de la adopciones truncadas hasta el punto de tratar 3 ó 4 casos al mes.

Jerri A. Jenista, pediatra especialista en adopciones internacionales, también  mencionaba que en los primeros 15 años de su trabajo sólo había necesitado un archivador para casos difíciles, mientras que en los últimos tres años había necesitado 250 archivadores que contenían 7800 informes de casos difíciles. En esos 15 años sólo tuvo un caso de adopción truncada, mientras que en los últimos tres años había tenido 5 casos.

Es precisamente esta realidad en países con más experiencia en adopciones internacionales, las que debería llevarnos a nosotros en España a un análisis minucioso de las circunstancias que han desembocado en esta situación para, en la medida de lo posible, evitar o paliar este problema.


Factores de riesgo

Entre los factores de riesgo, podemos encontrar los siguientes.

En los menores:

  • Familia biológica con antecedentes de enfermedad mental, problemas emocionales o de conducta, exposición fetal al alcohol o las drogas.
  • Período largo de institucionalización, con múltiples cuidadores.
  • Menores que han sufrido algún tipo de abuso sexual.

En la familia adoptiva:

  • Motivación inadecuada
  • Expectativas poco realistas.
  • Falta de apoyo por parte de la familia extensa.
 

De acuerdo con las estadísticas de países con más larga tradición en adopción, la estancia media de permanencia con la familia es de 8 años antes de llegar a la ruptura. Durante este tiempo pueden sucederse problemas de conducta y desajuste social, como agresiones, robo, expulsión de los colegios, problemas de piromanía, escapadas nocturnas, autolesiones, amenazas violentas, promiscuidad sexual, etc., que se van agravando con la edad.

En general, se trata de niños/as que tienen unos problemas tan fuertemente arraigados, como resultado de su pasado, que son incapaces de vincularse y llegar a sentirse parte de la familia por muchos esfuerzos que ésta haga.

Este fue el caso de Sacha. A diferencia de muchas familias adoptivas, ellos no tenían problemas de infertilidad. De hecho, tenían tres hijos. Sus fuertes convicciones religiosas les llevaron a querer compartir su vida con otros menos afortunados.

Sabían que en los orfanatos la vida era difícil y era probable que tuviera algún retraso madurativo, pero creían que podrían afrontarlo. Puesto que ya tenían tres hijos, en su solicitud advirtieron que no se sentían en condiciones de adoptar un niño con problemas graves de salud o de conducta, ni con síndrome de alcoholismo fetal

En principio recibieron la asignación de una niña, que tenía 2 años de edad. Antes de partir a su búsqueda, la agencia de adopciones les comunicó, sólo a título informativo, que había otro niño un poco mayor, con un retraso madurativo leve, que superaría con tiempo y amor. Después de sopesar la nueva situación decidieron adoptarlo también.

Al llegar a casa, la niña estuvo gritando durante días, semanas y meses, se balanceaba de manera incesante y presentaba una conducta conflictiva. El niño tenía terrores nocturnos y se arañaba hasta sangrar, de forma que las heridas se convirtieron en llagas que estuvieron abiertas durante meses. Se mordía las mejillas por dentro, y los labios y escupía después la sangre, sin mostrar ninguna muestra de dolor.

La agencia les aseguró que el niño sólo necesitaba tiempo y que estaban fallando algunas estrategias parentales. La niña empezó terapia ocupacional, logopedia y terapia física y fue mejorando, pero el niño iba empeorando. Después de múltiples visitas al pediatra y al psicólogo le recetaron Ritalin para la hiperactividad y otro fármaco para los terrores nocturnos. El tratamiento no dio resultado y su aversión hacia la familia iba en aumento. Cuando recibía algún castigo por su conducta, se orinaba en el asiento del coche o en cualquier otro sitio. Finalmente, lo diagnosticaron de Trastorno Desafiante Negativista, un síndrome frecuente en niños postinstitucionalizados.

Era cruel con los animales y con sus hermanos. En una ocasión, golpeó a su hermana hasta hacerla sangrar y después que cayó al suelo le pisoteó la cara, sólo porque quería llegar el primero al coche. Se negaba a recibir ninguna muestra de afecto de la familia, aunque se mostraba simpático y amable con los desconocidos. Le fue diagnosticado Trastorno Reactivo de Vinculación. Otro síndrome frecuente en niños que han recibido poca atención en períodos claves de su desarrollo. Este hecho le impidió desarrollar vínculos con la familia biológica, con los cuidadores en el orfanato y posteriormente con la familia adoptiva.

La familia lo llevó a distintos médicos y terapeutas, pero ninguno había tratado niños con estos síndromes y los progresos fueron escasos. Mientras el matrimonio empezó a hacer aguas ante el estrés de la madre pasando horas en sesiones y ejercicios con el niño, y el padre haciendo horas extras para hacer frente a los gastos de los tratamientos. Los amigos empezaban a desaparecer y los demás hijos empezaban a resentirse de la situación. Uno de ellos estaba tan aterrorizado con la conducta del hermano, que sólo podía dormir en la cama con los padres.

Las formas convencionales de disciplina no funcionaban en un niño que había sufrido malos tratos por parte de su madre biológica, antes de ser ingresado en el orfanato. En dos ocasiones lo internaron en un centro para tratamiento de problemas mentales, pero las finanzas de la familia, con cinco hijos, estaban ya exhaustas, así como sus nervios y su salud.

En un esfuerzo por buscar alguna información que se les hubiera escapado en los informes del niño, lo volvieron a traducir, ésta vez por un traductor que no tenía ninguna vinculación con la agencia de adopciones. El informe decía que el niño había intentado ser adoptado por cinco familias en su país de origen, pero todas lo devolvieron al orfanato debido a los problemas psicológicos que presentaba.

Finalmente, tras otro acto vandálico y repetidas muestras de crueldad con sus hermanos, la madre y el padre, tras muchas dudas y sentimientos encontrados, decidieron llamar a los servicios sociales.

Hoy día, está con una familia que acoge niños con problemas graves de conducta, pero los padres adoptivos siguen haciéndose cargo de su mantenimiento hasta que sea adoptado de nuevo o tenga 18 años.

En Estados Unidos, existen agencias especializadas en reubicar niños procedentes de adopciones truncadas, bajo ciertas condiciones, como las anteriormente descritas. También existen centros como “Ranch for Kids”, un lugar donde, en un ambiente terapéutico, tratan de sanar las heridas emocionales de niños y niñas adoptados, cuyas familias no cuentan con los recursos y habilidades necesarias para hacerse cargo de los traumas emocionales severos que sufrieron en los años que pasaron en los orfanatos. Algunos de estos niños pueden volver con sus familias adoptivas o son adoptados por otras familias, pero otros, un pequeño número muy traumatizados por los años de orfanato, irán a centros psiquiátricos o centros de protección de menores.

En España, los menores que se encuentran en esta situación, pasan directamente a depender del sistema de protección de menores de la comunidad autónoma de residencia de la familia. Aunque pueden volver a ser adoptados, las posibilidades suelen ser mínimas, tanto por su edad, como por sus antecedentes.

Las cifras de las estadísticas  no hablan de la historia de cada uno de esos niños devueltos, pero lo cierto es que detrás suele haber una historia dramática y una decisión difícil de tomar.


Etapas que llevan a una adopción truncada

Hay una serie de pasos que llevan a una decisión final, que los profesionales implicados deberían tener en cuenta para ayudar a las familias en esos momentos claves, de forma que no se llegue a la disrupción.

La primera etapa es cuando la familia empieza a ver que las dificultades son mayores que las alegrías. Muchos padres/madres en esos momentos empiezan a preguntarse como se les ocurrió pensar en adoptar, pero el problema empieza realmente cuando ese pensamiento se tiene de forma reiterada.

Una segunda etapa aparece cuando la familia empieza a percibir el problema como de una magnitud tal, que no se siente capaz de manejar, ni mucho menos de superar.

La tercera etapa surge cuando la familia empieza a quejarse abiertamente con otras personas, de los problemas que tienen con el niño/a. En esos casos es muy importante que la familia cuente con un grupo de apoyo, que le proporcione el reforzamiento positivo necesario para no avanzar más en el camino hacia una adopción truncada. Otras familias adoptivas que hayan superado problemas similares son las mejor preparadas para hacerlo.

La cuarta etapa es un punto de inflexión. Se trata de algún hecho que ocurre y lleva a la familia a pensar que no puede tolerar por más tiempo la conducta del niño o de la niña. Por ejemplo, puede tratarse de un acto de piromanía o de crueldad con algún miembro de la familia, que los atemoriza hasta el extremo de empezar a pensar que sería mejor no seguir insistiendo en su vinculación con la familia.

La quinta etapa es aquella en la que se le da al niño/a un ultimátum, o los padres deciden que será la última vez que soporten una conducta semejante.   

La etapa final es cuando ese hecho ocurre y los padres se ponen en contacto con los servicios de protección de menores. Sienten que han hecho todo lo que han podido, que no pueden hacer nada más y que no pueden continuar con esa situación.

Esta etapa es especialmente dolorosa para todos. El niño, aunque tome conciencia de que su conducta estaba siendo muy conflictiva, experimentará un profundo sentimiento de rechazo, porque en el fondo no se esperaba que los padres cumplieran sus amenazas, o simplemente muestra indiferencia ante el hecho, porque nunca llegó a vincularse con la familia, por un mecanismo de defensa frecuente en niños que han estado institucionalizados y nunca han tenido ningún tipo de vinculación: se cumplen sus expectativas de volver a ser abandonado. Las experiencias traumáticas que han vivido les han llevado a pensar, como mecanismo de defensa, que es mejor no establecer ningún vínculo para no sentir dolor cuando los rechacen.

Las familias, por su parte, muchas veces vierten las culpas del dolor y el sufrimiento que han pasado contra la agencia de adopción o el país de origen, que no les informó adecuadamente de las circunstancias del menor, o contra el sistema que no les proporcionó los recursos médicos, escolares o de otro tipo, que les hubiera podido ayudar a enfrentar la situación. Probablemente se sientan culpables por no haber sabido hacerlo mejor. Al mismo tiempo se encuentran, por una parte, con personas de su entorno que “se escandalizan” de que envíen a su hijo a un centro de menores y, por otra parte, con personas que les animan a que lo haga, ya que en muchas ocasiones se trata de niños/as que roban, mienten, se prostituyen, etc.

En el caso de que haya más hermanos, hay que hacerles ver que ellos no deben sentirse responsables de lo ocurrido, aunque muchas veces la decisión de interrumpir la adopción surge cuando los padres sienten que los otros hijos están siendo perjudicados. Si, además, estos hijos son adoptados, es importante  cerciorarse de que entiendan que ellos no serán los próximos en salir de la familia, y sobre todo, que la permanencia en la familia no depende exclusivamente de lo bien que se porten.


Medidas para prevenir las adopciones truncadas

 

1.- Se debería poner un especial énfasis en el análisis de las motivaciones de los adoptantes y en su capacidad y disponibilidad para hacerse cargo de menores que pueden presentar problemas de vinculación, dificultades de aprendizaje, problemas de conducta graves, etc. Razones de tipo humanitario, casos en los que se busca sustituir al hijo biológico muerto prematuramente, proporcionar un compañero/a de juegos al hijo/a único o llenar la sensación de “nido vacío”, cuando los hijos crecen, son algunas de las motivaciones que están detrás de muchos de los casos de adopciones truncadas. La clave está en buscar una familia adecuada para un niño o una niña que la necesita y no al revés, un niño adecuado para una familia que lo necesita.


En este sentido es interesante observar que los procesos de idoneidad en España, dejaron fuera al 3% de los solicitantes, mientras en países donde el boom de la adopción internacional se dio en los años 70, como Bélgica, Italia o Suecia, la cifra asciende al 30%.

2.- Las Entidades Colaboradoras de Adopción Internacional (ECAI) deberían proporcionar a las familias una información veraz sobre el menor en cuanto a su salud, su edad, problemas emocionales y sus posibles consecuencias, etc, no tratando de minimizar la situación, aduciendo que con tiempo y mucho amor todo se soluciona. Detrás de algunas adopciones truncadas hay expectativas no cumplidas por falta de veracidad en la información proporcionada por las ECAIs.

En este sentido, muchas familias denuncian que no fueron suficientemente informadas de la situación, o incluso fueron engañadas, con traducciones erróneas de los informes médicos o incluso, con discrepancias graves entre la información recibida en la asignación y la realidad del menor cuando fueron a recogerlo. En un caso ocurrido recientemente, que ha circulado por los foros de Internet, la familia comprobó con estupor cómo la edad que aparecía en los documentos de la asignación, no se correspondían después con la edad real del menor. La ECAI no tuvo el menor reparo en aducir que lo hicieron porque en caso de haber incluido la información real, la familia no habría aceptado la asignación.

La falta de ética en las prácticas de las entidades colaboradoras son, por tanto, también responsables, en ocasiones, de esa parte amarga de las adopciones que son las adopciones fallidas.

Las administraciones autonómicas, bajo cuya responsabilidad está el control de las ECAIs, deberían ejercer ese control de forma que sólo se acreditaran entidades que ofrecieran suficientes garantías de ser entidades sin ánimo de lucro y con profesionales de probada experiencia en el campo de la adopción, como, por otra parte, se establece en la ley que las regula. Por otra parte, en caso de detectarse la menor irregularidad, deberían actuar con la prontitud y contundencia necesaria para evitar que se volvieran a repetir dichas irregularidades. En el caso mencionado con anterioridad, la ECAI continúa acreditada por la comunidad autónoma correspondiente, a pesar de que el caso es suficientemente conocido en foros de Internet y, además, no es la única irregularidad conocida cometida por esta entidad.

3.- Proporcionar una formación adecuada a las familias solicitantes. Esta formación permitiría a las familias conocer la realidad que se pueden encontrar y  los recursos que están a su alcance para hacer frente a las dificultades que puedan surgir. El problema, muchas veces, estriba en la falta de profesionales preparados para impartir estos cursos. En otras ocasiones son las mismas familias, las que en su afán por ser padres/madres no se muestran receptivos ante la información que están recibiendo.

4.- Es fundamental contar con buenos servicios postadoptivos, ágiles y eficaces, que sirvan de apoyo a las familias cuando surgen los desajustes, en vez de tener que esperar a que los problemas se enquisten. También es importante que cuenten con terapias, asesoramiento, profesionales especializados, etc, de forma que las familias no tengan que depender sólo de iniciativas privadas, a veces muy costosas, o de profesionales que no son expertos en materia adoptiva, para hacer frente a los  problemas que puedan surgir.

5.- Potenciar las asociaciones de familias adoptivas, donde puedan sentirse comprendidos y donde puedan recibir el soporte y la ayuda de familias que hayan vivido situaciones similares. Hasta ahora, el movimiento asociativo en el campo de la adopción es mayoritariamente virtual, a través de Internet, pero se debería dotar de los recursos necesarios para que pudiera cumplir con sus objetivos de una manera más eficaz. Es de valorar, no obstante, el hecho de que la mayoría de estas asociaciones o foros son dirigidos de forma voluntaria por las propias familias adoptivas, quitando, a vece, tiempo al sueño o a otras actividades.

Los investigadores que han estudiado las adopciones truncadas en nuestro país, como Ana Berástegui o Jesús Palacios, auguran un aumento, en el futuro inmediato, del número de adopciones fallidas. Según Amparo Valcarce, Secretaria de Estado de Servicios Sociales, Familias y Discapacidad, se están tomando medidas para atajar el problema. Esperemos que sea así y que las previsiones de los expertos no se cumplan.