La Resiliencia y los Efectos Reparatorios de la Adopción

El término resiliencia se usa en ingeniería para hacer referencia a la capacidad de un material para adquirir su forma inicial después de someterse a una presión que lo deforme. Al hablar de la resiliencia del ser humano, nos referimos a la capacidad de resistencia frente al sufrimiento que tiene la persona y al impulso de reparación .psíquica que nace de esa resistencia.

En la resiliencia aparecen, pues, dos elementos: por una parte, la resistencia frente a la presión y, por otra, la capacidad de reconstrucción a pesar den haber sufrido esa presión. Se trata de un potencial humano que es capaz de superar las dificultades para convertir el trauma en una oportunidad de crecimiento.

Aunque la resiliencia es tan antigua como la misma humanidad, sólo recientemente se ha convertido en fuente de investigación y análisis. No es de extrañar que uno de esos primeros estudiosos sea Boris Cyrulnik. Con tan sólo 6 años consiguió escapar de un campo de concentración, de donde el resto de su familia, rusos judíos emigrantes, jamás regresó, pasando su infancia en centros de acogida. Neurólogo, Psiquiatra y psicoanalista, es uno de los fundadores de la Etología Humana. Según Cyrulnik, una infancia infeliz no determina la vida, aunque estos niños/as sólo pueden tejer una resiliencia si encuentran a unos adultos motivados y formados para este trabajo.

Por eso, la adopción no significa, en sí misma, el fin de los problemas para aquellos niños y niñas que han vivido experiencias traumáticas, negligencia emocional o maltratato institucional. Encontrar una familia adoptiva cuando se ha perdido la propia no es más que el comienzo del fin, porque esa herida ha quedado escrita en su historia personal, grabada en su memoria y requiere de un trabajo de elaboración para  su superación, trabajo en el que la familia adoptiva tiene un papel reparador fundamental.
Pero, ¿por qué unos niños/as son capaces de beneficiarse de su nuevo entorno familiar y otros no? Las razones son variadas. Por una parte, la resiliencia sólo es posible cuando existe un “cómplice significativo” que le permita crear lazos y vínculos consigo mismo, con los otros y con el entorno.

Para que esto ocurra, en casos de menores muy dañados emocionalmente, se necesitan unos padres y unas madres “terapéuticos”, que tengan tolerancia a la propia ambivalencia o a la existencia de sentimientos negativos, dada la patología del niño/a, que sepan retardar las gratificaciones de las necesidades parentales, que tengan habilidad para encontrar felicidad en pequeños incrementos de mejoría, que tengan flexibilidad de roles, de forma que no tenga que ser siempre la madre la que atienda las necesidades del hijo/a, sino que el padre tenga habilidad para asumir el rol de cuidador, alternándose ambos, para evitar el agotamiento. Familias que no pierden el sentido del humor y se preocupen del autocuidado personal y de pareja, con tardes o fines de semana solos para mantener las fuerzas físicas y la salud mental.

Por otra parte, también depende del tipo de vinculación que el niño/a haya establecido previamente, tanto “in útero”, como después del parto, con su madre biológica, y al que posteriormente hubiera podido establecer con algún cuidador/a o figura de apego. Basta encontrar una sola vez a alguien que signifique algo, para que esa llama se pueda avivar posteriormente  y pueda disfrutar de los beneficios de la nueva situación con su familia adoptiva.

Por tanto, el hecho de constatar que ciertos niños/as son capaces de resistir las experiencias traumáticas de su pasado y otros no, no puede explicarse en términos de la mayor fortaleza o vulnerabilidad de unos o de otros, sino a la presencia o ausencia de unos recursos internos y externos adecuados en uno y otro caso.

Aunque muchas personas piensen que la adopción tiene un efecto reparador automático, y que por sí misma, con mucho amor y aceptación, el niño/a adoptado va a emprender una nueva vida que le hará olvidar y borrar las experiencias difíciles que previamente haya podido experimentar, lo cierto es que se necesitan unas determinadas guías de resiliencia.

Por ejemplo, toda pérdida necesita su duelo y la pérdida de la madre biológica fue real, por lo que necesita su duelo correspondiente. Algunas conductas frecuentes en niños adoptados, como rabietas, ansiedad, hiperactividad, oposición desafiante, etc., pueden estar detrás de un duelo no elaborado.

También es importante entender que desde el momento que el niño/a puede recomponer el relato de su sufrimiento a través de la palabra, el sentimiento que experimenta puede quedar transformado si en la familia hay un ambiente donde siente que puede expresar esos sentimientos de pérdida, sin temor a herir a nadie y en una atmósfera en la que la expresión de esos sentimientos sirve para vehicular los procesos de vinculación.

En realidad lo que calma o perturba a los niños/as es la forma en la que las figuras de su vínculo afectivo traducen los sentimientos. Cuando en medio de una catástrofe los niños están rodeados de adultos ansiosos, los niños muestran más trastornos que cuando están rodeados de adultos serenos. Así, puede decirse que el mundo cambia a partir del mismo instante en que se habla con naturalidad del hecho adoptivo en el seno mismo de la familia, porque cualquier emoción se alimenta no sólo de la sensación que  provocó el impacto recibido, sino también de la representación que se recibe de ese hecho a través de los demás.

Si para la familia el hecho adoptivo representa un hecho doloroso del que es mejor no hablar, el hijo/a no podrá beneficiarse del gran poder liberador que supone el poner palabra a los sentimientos. Liberación, además, que ayuda a vincularse con la persona a la que se están confiando esos sentimientos.

Por tanto, el alcance de la reparación estará determinado, entre otros factores, por el momento en que el niño/a fue abandonado y adoptado, las características constitucionales del menor, el ajuste temperamental entre la familia y los menores, los estilos de crianza, los apoyos pre y postadoptivos que se brinden a la familia, elaboración de la infertilidad de los padres, si fuera el caso, actitud de la familia hacia la adopción, etc. El control oportuno de estas variables, permitirá a la familia adoptiva cumplir una función reparadora de valor inestimable en las vidas de sus hijos e hijas adoptivos.